sábado, 11 de febrero de 2017

Decían que iba a llover... Marjal de Almenara. 11 de febrero de 2017

Lluvias durante todo el día, eso afirmaban todos los pronósticos pero..., afortunadamente para nosotros se han equivocado.

Chema me llamó ayer para ver si salíamos a pajarear hoy y yo le comenté lo que había visto en la página de AEMET; ante ese posible panorama decidimos no madrugar y darnos cita para almorzar y decidir donde íbamos.

El día ha amanecido encapotado pero con las nubes reticentes a las precipitaciones así que, después de dar buena cuenta de los suculentos bocatas de la Nova, nos hemos encaminado hacia Almenara para recorrer de cabo a rabo todo su territorio.

No voy a entrar en detalles del nivel de disfrute que nos ha proporcionado la salida de hoy, solo decir que hay pocas cosas tan buenas y gratificantes.

La luz no era la más adecuada, por momentos escasa, y el viento también hacía de las suyas, si no que le pregunten a la avefría europea que hemos localizado nada más llegar. Por momentos iba de lado, la pobre, a pesar de estar posada en el arrozal. A pesar de ello lucía esplendorosa.


No puedo decir lo mismo de una de las aves más bonitas que tenemos por aquí, hoy el martín pescador común que se ha prestado a posar lo ha hecho lejos y en un entorno poco amable para los objetivos.


Otros, como los escribanos palustres, han puesto algo más de su parte a la hora de lucir palmito.  


El ruiseñor pechiazul nos ha propuesto distintos emplazamientos para poder elegir el que más nos gustara.




Más complicado nos lo han puesto los gorriones comunes, escondidos como estaban entre las ramas,


del mismo modo que los pinzones vulgares que en ningún momento nos han querido regalar la vista con su hermosura.


Más generoso se ha mostrado un macho de curruca cabecinegra que 


compartía su rincón con otro macho de colirrojo tizón 




Sobre ellos, de forma casi presidencial, asomando apenas su cabeza tras un pequeño murete, aparecía radiante el rostro de un cernícalo vulgar.


Aunque hablando de rapaces, el que nos ha dejado ojipláticos ha sido, sin lugar a dudas, un aguilucho lagunero que portaba su almuerzo entre las garras


para devorarlo relajadamente en una alejada islilla.


Otras garcetas comunes lucían mejor que la que llevaba el lagunero entre sus garras, incluso también daban buena cuenta de su aperitivo.



Buen provecho.

Sus primas, las garcillas bueyeras, también rondaban por el arrozal a la espera de que el agricultor retomará el fangueo,


como también estaban con ganas de aprovechar la ocasión los moritos comunes,






En esa vorágine alimenticia también disfrutaban, aunque en otro ámbito, los mosquiteros comunes.


Nos sorprendió no ver a las gaviotas reidoras compartiendo el festín, pero nos resultó muy gratificante ver pasar por allí un gaviota de Audoin.


Las fochas comunes, en una laguna próxima, procuraban pasar desapercibidas.


Aunque los que si han querido pasar desapercibidos han sido, como siempre,  los rascones europeos, pero en esta ocasión el rápido ojo de Chema, asistido por su veloz dedo, ha sido capaz de capturar la imagen de uno ellos..., pero eso ya os lo contará él.






viernes, 10 de febrero de 2017

Afinando, aprendiendo y disfrutando por La Mancha de Montearagón y el Marjal de Almenara

En una semana muy complicada en lo institucional y muy intensa en lo laboral no me ha resultado especialmente fácil encontrar "huequitos" para explorar las posibilidades de mi nueva compañera de correrías campestres. A pesar de ello aun he tenido ocasión de dedicar algo de tiempo a la observación de nuestra maravillosa fauna.

Así, el miércoles, a la vuelta de mis tareas por Albacete tomé mi ruta habitual, la que me lleva por las lagunas de Horna, donde semana a semana se pueden observar más especies de anátidas, por las tierras de Pétrola, en cuyos campos observo últimamente a las espectaculares avutardas, acabando en la charca de Villar de Chinchilla plagada de limícolas.



Repletas de patos se mostraban las lagunas de Horna, alejados y huidizos pero sorprendéntemente bellos. Los primeros que me llamaron la atención fueron los tarros blancos, una pareja que disfrutaba de la lagunilla y el agradable calor de la tarde junto a las cercetas comunes.





Unos metros más allá una pareja de ánade friso hacía lo propio, alejados del resto de los de su especie 



que se encontraban en la laguna del otro lado de la carretera.



Apartados del resto, y a contraluz, los ánades reales o azulones, campaban a sus anchas en el inundado sembrado.



Ya en Pétrola, recorriendo la colina donde suelen campar algunas rapaces, un precioso colirrojo tizón desafiando al viento me invitó a probar la D750.



En el ámbito de la Laguna unos flamencos comunes en la otra orilla y unas agachadizas comunes que no deseaban mi compañía fue todo los que pude observar, que no fotografiar, por lo que no dudé demasiado en dirigirme al territorio de las avutardas. Las primeras que vi se encontraban muy, pero que muy, lejos, tanto que ni llegue a mirarlas a través del visor de la cámara. Era una pareja, dado que la semana anterior localicé un grupo conformado por dieciocho de estas impresionantes aves intuí que, no muy lejos de allí, encontraría a otras.

Así fue, otro grupito de tres avutardas se siluetearon en el horizonte de la colina, muy alejadas de cualquier vía de acceso. El placer de contemplarlas ya era razón más que suficiente para haberme acercado hasta allí, contento y satisfecho decidí poner rumbo hacia la charca de las agachadizas, pero de repente, surcando el azul del cielo, un precioso ejemplar me deleitó con su poderoso vuelo.



Más adelante, también en la lejanía, un macho, caminando tranquilamente por el sembrado, ponía tierra de por medio.



Vaya gustazo, lejano, pero un auténtico placer. 

La charca de Villar de Chinchilla me estaba esperando y en ella, como no, el andarríos grande que en está ocasión estaba entretenido en saborear un jugoso gusano rojizo.



Las agachadizas comunes tienen en esta charca su particular paraíso invernal, a pesar de su críptica librea siempre se pueden ver aquí.



Más complicada de localizar, en esta ocasión llegué a pensar que ya se habían marchado, y en menor número que sus primas las comunes, en su esquina se encontraba la agachadiza chica.



Para terminar la jornada, ornitológicamente hablando, el bisbita alpino lució su aterciopelado plumaje de acá para allá a pesar de lo complicado que se lo ponía el viento.



Se había acabado el recreo, más trabajo y una asamblea me esperaban en Valencia.

El jueves también se presentó espeso e intenso, mucho, pero un ratito tuve para dar una vuelta por el Marjal de Almenara. Un paseo que desde su inicio me regaló deliciosas sensaciones al calor del mediodía.



A una distancia prudencial, sobre una torre eléctrica, el busardo ratonero oteaba a su alrededor a la búsqueda de alimento. No lo quise incomodar más de lo necesario y allí lo dejé, ojo avizor. 

El agua que cubría la carretera ya se había retirado e incluso se podía circular por algún camino encharcado hacia los campos, así llegué a un descampado donde una pareja de tarabillas europeas revoloteaba eliminando insectos.




En la laguna tomaban posesión las primeras cigüeñuelas comunes que veía este año, pronto empezará el trasiego del paso que hará las delicias de los naturalistas.



Sobre el muro del corral cercano las palomas bravías mostraban los brillos de sus cuellos, tanta diversidad sin moverme de un rinconcito del humedal.



Allí donde vayas, si guardas silencio y te mueves suavemente, oirás, verás y disfrutarás el espectáculo de la vida, tan hermoso como sencillo y para ejemplo la explanada del estiércol entre el carrizal y el camino donde pude fotografiar al inquieto mosquitero común,



a la elegante lavandera blanca,



al colirrojo tizón,



al petirrojo europeo



y más discretos, tímidos y esquivos a los gorriones molineros.



En fin... cuanto puede dar de si un pequeño paseo por nuestra naturaleza. Algo tan próximo, tan inmediato y tan olvidado por tanta gente, nos hace tanta falta tocar, oler, oír, ver y saborear para sentirnos vivos...

martes, 7 de febrero de 2017

Estrenando cámara, Marjal dels Moros, 7 de febrero de 2017.

Ayer llegó el paquete y apenas pude siquiera recogerlo, abrirlo, echarle un vistazo y poner a cargar las baterías. El trabajo y otras facetas de mi existencia ocuparon del resto del día hasta bien entrada la noche. Hoy el día también se presentaba intenso pero con una pequeña ventanita a la hora de comer que, evidentemente, he decidido aprovechar acercándome a estrenar la nueva D750.

A priori las condiciones meteorológicas eran aceptables, lucía el sol y el viento, a pesar de su perseverancia, no era especialmente molesto, sin embargo no se veían demasiados animales, pocos y lejanos, muy lejanos. Las fotografías no iban a resultar espectaculares pero si suponía una muy buena oportunidad para comprobar el potencial de la nueva Nikon.

Todas las fotos han sido tomadas sin trípode así que, entre esto y la distancia, me da la sensación de que el invento promete.


Apenas he llegado, posado en la distancia ignorándome, un cernícalo vulgar a tenido el placer de ser el primer modelo que ha posterizado la nueva cámara.

Al momento, una garza real ha cruzado el cielo con su imponente y elegante vuelo. 


Unos metros más adelante, escrutando desde el aire la posibilidad de alguna captura, el aguilucho lagunero a captado mi atención.


A partir de ese momento el cielo ha empezado a cubrirse de oscuras nubes privándome de eso tan necesario para obtener unas buenas imágenes, la luz. A pesar de ello había que intentar disfrutar el momento.

Apenas me he encaramado en el observatorio ha llegado una hermosa sorpresa escondiéndose entre el carrizo, el precioso calamón común.


Las fochas comunes también iban de acá para allá triscando entre la vegetación


compartiendo el espacio de la laguna con el cuchara común




un intermitente zampullín chico.


Curioso como siempre, el petirrojo europeo, se ha acercado a la base del observatorio para ver de cerca y probar conmigo la cámara nueva. Un artista del posado.



El tiempo se me echaba encima y tenía que volver a atender mis obligaciones por lo que me he echado la mochila a la espalda y me he encaminado hacia mi vehículo, momento en el que el cormorán grande ha venido a despedirse.


Ya en el coche, de vuelta al trabajo, una redondeada silueta se ha dibujado el perfil del muro de un corral...


el mochuelo europeo que andaba a la búsqueda de su temprana merienda.

Espero que a distancias más apropiadas se acaben confirmando las excelentes maneras que apunta mi nueva herramienta. Seguro que, más pronto que tarde, lo comprobaremos.